Ejercicio de creatividad literaria II: Me acuerdo

Continuando con los ejercicios de creatividad literaria que hice durante el taller “El motor de la creatividad” con Magdalena Tirado de Escuela de Escritores, en Fnac Callao, os cuento lo que la profesora nos proponía.

Me acuerdo” es un ejercicio clásico pero inagotable, un ejercicio que va mucho más allá de la memoria, como aporta Perec en su definición más certera sobre esta práctica:

“Los Me acuerdo son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche: es algo que aprendimos en el colegio, un campeón, una canción, un cantante, un escándalo, un slogan, un traje o una costumbre, totalmente banal, que por un milagro es arrancada a su insignificancia y es reencontrada por unos instantes, provocando unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Esos segundos son la materia de la que estamos hechos.

En apenas 150 páginas editadas por Sexto Piso, Joe Brainard somete al lector a un paseo por sus propios “Me acuerdo”. Después de él, varios han sido los seguidores, como el escritor George Perec. También parte de esta fórmula el documental “Mi recordo, sí, io recordo” con el gran Mastroianni. Os dejo con algunos de sus recuerdos en ese mismo orden.

Joe Brainard

Me acuerdo de las amapolas rojas silvestres de Italia.

Me acuerdo de los días lluviosos a través de la ventana.

Me acuerdo de la dulzura de Marilyn Monroe en “Vidas rebeldes”.

Me acuerdo de los sonidos de las retransmisiones de béisbol que llegaban desde el garaje los sábados por la tarde.

Me acuerdo de lo bien que puede saber un vaso de agua después de un tazón de helado.

Me acuerdo del día que murió Marilyn Monroe.

Me acuerdo de cuando pensabas que si hacías algo malo, la policía te metía en la cárcel.

Me acuerdo de cuando, en el colegio, le dabas una tarjeta de San Valentín a toda tu clase, no fuera a ser que alguien a quien no le habías dado te diese una.

Me acuerdo de los lecheros. De los carteros. De las toallas para invitados. De los felpudos de “Bienvenidos”. Y de las señoras de AVON.

Me acuerdo de los vasos de aluminio de colores.

Me acuerdo de un día muy caluroso de verano en el que se me ocurrió poner cubitos de hielo en el acuario y se murieron todos los peces.

Me acuerdo de hacer helado casero.

Me acuerdo de que me gustaba más el helado comprado.

Me acuerdo de ponerme bronceador y de que justo entonces el sol se vaya.

Me acuerdo de querer dormir en el patio de atrás y de que se riesen de mi diciendo que no iba a aguantar la noche entera y de, al final, dormir fuera y no aguantar la noche entera.

Me acuerdo de las fuentes que empiezan por un chorro pequeño y cuando pones la cara, sale un chorro gigante que se mete en toda la nariz.

Me acuerdo de la sopa de pollo con fideos cuando estás malo.

Me acuerdo de llenar la cubitera hasta arriba y de intentar llevarla hasta el congelador sin que se me derrame nada.

Me acuerdo de ponerme mi mejor ropa para ir a comprar ropa nueva.

Me acuerdo de la gente, en la calle cuando se ponía a llover, saliendo disparada con la cara contraída.

Me acuerdo de lo que cuesta poner fin con naturalidad a una carcajada en público.

Georges Perec

Me acuerdo de que Art Tatum tituló una canción Sweet Lorraine, porque estuvo en Lorena durante la Primera Guerra Mundial.

Me acuerdo de un inglés manco que ganaba a todos al ping-pong en Chateau d’Oex.

Me acuerdo de que un día mi primo Henry visitó una fábrica de cigarrillos, y trajo un cigarrillo largo como cinco cigarrillos.

Me acuerdo de que en el Monopoly la avenida de Breteuil es verde; la avenida de Henry Matin, roja; y la avenida de Mozart, naranja.

Me acuerdo de la alegría que me daba cuando, al ir a ahcer una traducción de latín, encontraba en el Gaffiot toda la frase traducida.

Me acuerdo de la época en que hacían falta varios meses y hasta más de un año de espera para tener un coche nuevo.

Me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, tenía, bajo contrato, que morir al final de cada película.

Me acuerdo de que en septiembre, en París, en los años de la posguerra, había muchas avispas; muchas más, me parece, que hoy.

Marcelo Mastroianni

Texto de apertura del film, dirigido por Ana María Tató:

Mi ricordo, si, io mi ricordo (1997)

Me acuerdo de mi estupor y mi fascinación cuando vi los rascacielos de Nueva York en un atardecer en Park Avenue.

Me acuerdo de la pequeña sartén de alumnio sin mango en la que mi madre freía los huevos.

Me acuerdo de Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas. Después se daba vuelta y sonreía así. Un tipo irresistiblemente simpático. ¿En qué película era? (…)

Me acuerdo de los auniformes de los alemanes. Me acuerdo de los refugios.

Me acuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.

Me acuerdo de la primera vez que fui de campamento.

Me acuerdo de la música de Stardust. Era antes de la guerra. Yo bailaba con una chica que llevaba un vestido con flores. Me acuerdo cuando el primer hombre pisó la luna. Pero, ¿yo dónde estaba?

Me acuerdo de la primera vez que vi una película en Turín: “Ben Hur”, con Ramón Novarro. Yo tenía seis años.

Me acuerdo de París cuando nació mi hija Chiara.

me acuerdo de las croquetas de arroz. Pero no podíamos comprarlas todos los días. Costaban 40 centavos.

Me acuerdo de los primeros dibujos de mi hija Barbara.

Me acuerdo de Greta Garbo que mira mis zapatos y dice: “¿Italian shoes?”.

Me acuerdo del silencio en Maximi’s cuando Gary Cooper apareció con un smoking blanco.

Me acuerdo de Marilyn Monroe.

Del primer auto que tuve, me acuerdo. Era un Topolino.

Me acuerdo de la nieve en la Plaza Roja, en Moscú.

Me acuerdo de un viaje en tren durante la guerra: el tren era en un túnel: está completamente oscuro, y entonces, en el silencio, una desconocida me besa en la boca.

Me acuerdo de la sensación de silencio y de luz suspendida por encima de la ciudad de Jerusalén como un vapor místico.

Me acuerdo de la primera noche de amor. Me acuerdo, sí, yo me acuerdo.

Propuesta de ejercicio para la creatividad literaria.

Vas a ejercitar tu memoria involuntaria. Entra en la esfera del sueño y de la fantasía y deja que desfilen ante ti recuerdos mínimos, pequeñitos. Contémplalos con receptividad pasiva cuando lleguen a ti, sin imponer, sin forzar interpretaciones. Ten en cuenta la importancia que tienen las cosas en nuestra vida, la relación que establecemos con ellas y la necesidad de traerlas a la memoria para reconstruirnos. Es un ejercicio de vuelo sin motor en el que, lejos de certezas, sobrevolemos por recuerdos vagos e imprecisos que traigan a la memoria aquellas imágenes que no tenemos presentes y, quizá después, la posibilidad de pensarnos.

Escribes cosas que recuerdes a partir de Me acuerdo de… y luego, lo más relevante, lo que mejor recuerdas, lo que más te influyó de algún modo en tu vida, a partir de Pero sobre todo me acuerdo de…

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